Emigramos desde el Misterio Creador

 

La Llamada Orante nos habla de una brotada emigración de su Misterio, para gestar lo que llamamos “vida”.

Emigramos desde el Misterio Creador, evolucionando hacia una biodiversidad... insondable.

Y en esa emigración, nos hacemos nómadas en consciencia y en pasos.

Y poco a poco nos hacemos peregrinos en consciencia, en permanencia, en trascendencia. 

Y es así como nos despegamos del yugo de lo material... y descubrimos que no es una trampa, sino un concentrado de soplos que configuran un paisaje: el paisaje vital.

Y en la medida en que asumimos esas posiciones, nuestro trato hacia lo concreto, prensado, apretado, se hace –nuestro trato- a través de esas atracciones, esas “fuerzas”... –llamémoslo así- que permiten lo compacto, que procuran lo concreto.

Conseguimos que nuestra consciencia se diversifique en la expansión.

Y es así que nos hacemos descubridores de universos, y no esclavos de... “concretos”.

Dejamos de adorar a los “baales”, a los ídolos, para estar en la trascendencia de lo creado, diversificados y en permanente expansión, que implica descubrir, aprender, asombrarse, admirar, enamorarse, amar.

En esas posiciones, desde la génesis del brote de emigrantes del Misterio, hasta la expansión progresiva, si eso lo incorporamos en el cotidiano estar y hacer, disolveremos los atavismos de responsabilidades, perfecciones, exigencias, miedos, castigos... Todo ese conglomerado de consciencias oprimidas, que los son por una concepción, una idea.

Que, al incorporar esta emigración, esta expansión, haremos –y estaremos- con una actitud creativa, rítmica, certera... sin la obsesión por la verdad, la perfección, y sin el miedo de nuestra propia naturaleza. Esos hedonismos personales de que “no soy”, que “no hago”, que “no puedo”…, esas culpas, son hedonismos vanidosos. 

Si nos aceptamos como peregrinos, nómadas, emigrantes, brotes del Misterio en permanente evolución, no ha lugar a protagonismos ni acechos sobre nuestra naturaleza. 

Asumimos nuestra posición, nuestro desarrollo; y, al descubrir otras coordenadas como las que escuchamos ahora, podremos variar... nuestros conceptos, nuestros principios, nuestras verdades... 

¡Qué feas son!, ¿no? ¡A que sí? 

Cuando las personas esgrimen: “Porque esa es mi verdad, porque…”, ¡qué feo! O sea, se quieren parecer a dioses o diosas, y se hacen odiosos, odiosas. 

Un pequeño cambio-trueque genético, y se ve la verdad. 

Sí. No hay por qué afearse con verdades propias, dogmas establecidos... 

No tenemos el suficiente carisma como para eso. 

Por eso, al transformarnos en dioses –con las verdades, con las certezas, con todas esas cosas así-… nos hacemos odiosos unos a otros; porque, claro, cada uno tiene la suya, y entonces… la que coincide con la mía está bien, pero la que no…

Somos emanaciones sujetas a la Bondad Superior del Misterio Creador que, a través del Amor, nos hace amanecer. 

Ninguno es menor ni peor que otros. Cada ser ocupa una posición, siempre con capacidades liberadoras en sus diferentes posiciones, aupadas y animadas por el gel amoroso de la Creación. 

Y si esto lo tenemos en cuenta en el estar cotidiano, la crítica, la opinión, la mirada, el gesto, etcétera, deja de... ¡deja de atormentarnos! Y, en consecuencia, se disuelve esa presión, esa insidia, ese bullying –que se dice ahora-; cede, en cuanto uno no hace aprecio. Cierto es ese dicho que dice que “no hay más desprecio que no hacer aprecio”

En cuanto te llaman “feo”, y tú respondes “gracias a ello tú eres bonito”, pues ya   desarmas al personaje, ¿no? 

.- Pero es que tú eres muy feo.

 Dice:

.- ¡Claro! Para que tú seas bonito.

La vida se hace necesidad permanente. Pero tenemos que darnos cuenta de que, como migrantes, no tenemos, y no poseemos, y no acopiamos, y no ‘propietarizamos’. 

Custodiamos, eso sí; cuidamos los bienes, los dones, lo que acontece por nuestro estar, por nuestro hacer.

Las corrientes de miedo acorralan ahora la vida. La someten a las recogidas, a las propiedades, a los posesivos y seguros guetos... en donde se pierde la claridad, la espontaneidad, la creatividad. 

De ahí la importancia de situarse en esa dispersa expansión.

Llegan, llegan los momentos en los que al ser le toca testimoniar. 

Y ha de hacerlo sin miedo, con claridad, con evidencias.

La herrumbre es mucha, y se acumula. Pero se puede medir y pesar. 

La consciencia es infinita. 

No se acumula. Se expande.

***

 

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